“He encontrado días pasados una curiosa confirmación de que lo verdaderamente nativo suele y puede prescindir del color local, encontré esta confirmación en "La Historia de la declinación y caída del Imperio Romano" de Gibbon. Gibbon observa que en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán, bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe. Fue escrito por Mahoma, y Mahoma, como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes, eran para él parte de la realidad, no tenía por qué distinguirlos; en cambio, un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página; pero Mahoma, como árabe, estaba tranquilo: sabía que podía ser árabe sin camellos….”
J.L. Borges
Dicen que la felicidad está en el camino y no en la meta, y para que haya camino tiene que haber destino. Los caminos son para andarlos hacia delante, se puede –y se debe- mirar atrás, pero no retroceder. Si tengo que elegir entre arcadia y utopía me quedo con la segunda.
Si hay algo que una a la gente son las cosas en común. Los pueblos se forman por personas con algo en común: su cultura. Esto fue motivo de guerras en tiempos pasados –y presentes- donde los pueblos luchan entre sí, intentando los unos imponer su cultura a los otros.
Hoy en día, en el mundo globalizado donde todos estamos conectados –también hay mundo desconectado (para bien y para mal)-, podríamos hablar de una cultura global. No se puede negar que una película que gusta en Hollywood gusta también en Marina d’Or, o que una buena o mala canción sea número uno desde oriente hasta occidente.
Frente a esta cultura única, que no se puede –ni se debe- eludir, hay que dar valor a las medianas, pequeñas o minúsculas culturas. Son suficientes dos personas. Existen idiomas en el mundo que sólo los habla una pareja de hermanos, y cuando uno fallezca esa cultura se habrá perdido.
Querer poner límites y fronteras a las culturas nos ha llevado durante toda la humanidad por un camino de infelicidad. Qué bonito sería un mundo donde las culturas –los pueblos- se representasen como las pinceladas de acuarela que se funden sobre una lámina de agua. Un camino donde encontremos felicidad, como el niño que juega a mezclar los colores de sus acuarelas. El que siempre va a necesitar los colores primeros para seguir descubriendo tonos. El pintor que mezcla y mezcla hasta conseguir su gran paleta de color.
Dicen que Euskal Herria es el pueblo que habla euskara, y euskaldun el que posee el euskara. ¿Por qué encerrarnos en siete paredes? Que sea euskaldun todo el que posea el euskara, que sea Euskal Herria allí donde dos hablen euskara.
"Freedom is a state of mind."
P.D.: Y todo lo demás…? Que no haya nada más.